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Crónica Citadina
Por Ignacio A. Herrera Muñoz

Don Nicolás Bravo…Insurgente magnánimo.

Publicado el 2010-02-26. 

La historia de nuestra patria encierra en sus capítulos hazañas, heroicidad como momentos decisivos de hombres y mujeres; mexicanos y mexicanas quienes pugnaron por hacer un país libre y de justicia e igualdad para todos quienes los cobija el pedazo de cielo que cubre nuestra patria.


Es admirable, interesante y sobre todo sorprendente cuando abrimos un texto histórico en donde acuciosos historiadores plasman el desempeño de esos ejemplares mexicanos, idealistas e indómitos que a veces sus acciones las desconocen; se suele decir los nombres de la mayoría de ellos…están escritos en nombres de calles, poblados, edificios, escuelas y en ocasiones hasta en elementos de la naturaleza…pero su vida y el porque de esa distinción se ignora y no se difunde…esa es la lectura que debe inducirse en los escolares, tan bella que apasiona al conocerla y nos exalta más el amor hacia nuestra patria cuyo suelo fue abonado por la sangre de miles de próceres.


Como se pretende en la celebración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana todos desde la trinchera en que nos encontramos debemos poner nuestro granito de arena para significarlo…esa es mi aportación pretendiendo en estos relatos históricos contar la vida de estos inmortales mexicanos como la del que ahora nos ocupa.


Nicolás Bravo nació en Chilpancingo de la entonces provincia de México, actualmente estado de Guerrero, el 10 de noviembre de 1786.


Es de los héroes de la Independencia el que vivió más años después de los grandiosos hechos que nos dieron patria.


Con su padre don Leonardo y sus tíos don Miguel, don Víctor y don Máximo, figuró preeminentemente en el heroico sitio de Cuautla de 1812. Durante él militó a las órdenes de Galeana y siempre demostró gran y amor a la causa independiente. Levantado el sitio el día 2 de mayo de 1812, se reunió a Morelos en Chiautla y lo auxilió en su campaña hasta Tehuacán. Su primera acción de importancia con mando directo e independiente de tropas fue la derrota que infligió al realista Labasqui en San Agustín del Palmar en donde hizo 200 prisioneros que fueron enviados a Veracruz, de donde fue designado comandante militar de la provincia.


En esas condiciones las cosas, supo que su padre había sido hecho prisionero y llevado por Calleja a la capital del virreinato y el virrey Venegas ponía por condición para salvar a don Leonardo que don Nicolás dejara la insurgencia. Morelos propuso al virrey la libertad de 800 prisioneros españoles a cambio de la libertad del brigadier. Al mismo tiempo, autorizó a don Nicolás a obrar en la forma que sus sentimientos le dictasen; pero éste se negó no por no amar tiernamente a su padre, sino porque no quiso seguir la misma suerte de los hermanos Orduña en Tepecoacuilco. El virrey no aceptó la propuesta de Morelos y don Leonardo fue sacrificado en el garrote vil el 13 de septiembre de 1812.


Al tener Morelos noticias de la muerte del brigadier Bravo en la forma mencionada, lo comunicó a don Nicolás, acantonado entonces en Medellín próximo a Veracruz, dándole órdenes para pasar a cuchillo a los 800 prisioneros españoles que tenía a su cuidado. Don Nicolás mandó al capellán Sotomayor disponerlos cristianamente para el siguiente día. La noche se aproximó lenta y pesada para el gran insurgente que no pudo dormir por el dolor de la muerte de su padre y reflexionando qué hacer con la orden dada por Morelos. Por la madrugada, tomó la resolución más sublime que hubo en la guerra por la Independencia Nacional y que no sólo salvó su propia reputación, sino también la de la insurgencia, obrando de manera profundamente humanitaria y magnánima.


A las ocho de la mañana ordenó formar la tropa y sacar y colocar los prisioneros como si fuera a cumplirse la sentencia de Morelos. Formado el cuadro correspondiente, Nicolás Bravo habló a los prisioneros participándoles que Venegas había dado muerte a su padre y a ellos los colocaba en la situación de morir según las órdenes del general Morelos; sin embargo y a pesar de todo, los perdonaba y los dejaba en libertad de irse a donde les placiera.


El efecto de sus palabras fue tal en el ánimo de los pobres sentenciados que en su alegría y entusiasmo optaron por quedarse bajo las órdenes de Bravo para engrosar las filas de sus soldados. Solamente unos cinco resolvieron volverse con sus familias a Veracruz y llegaron a cargar de obsequios a Bravo que los utilizó para equipar sus tropas.


El historiador don Lucas Alamán al relatar el hecho bellísimo, hace la siguiente consideración:


“Pocos ejemplos presenta la historia antigua y moderna de un acto tan noble de generosidad, en un momento en que la venganza habría parecido autorizar aquellas crueles represalias, habiendo sido repetidos los rasgos de humanidad que en el curso de la revolución se vieron en este digno jefe; siempre valiente en el campo de batalla, nunca fuera de él manchó sus manos con la sangre del rendido, y conservando pura su reputación a través de las vicisitudes de la guerra, constantemente sostuvo la nobleza de su carácter, mereciendo a justo título que se le aplique el timbre del caballero francés, que pudo llamarse con verdad (sin miedo a tacha). ¡Qué pocos fueron los que en esta desgraciada contienda pudieron pretender un elogio semejante!”


Participó asimismo con Morelos en la desdichada expedición de Valladolid y la infausta batalla de Puruarán. Escoltó al Congreso cuando resolvieron trasladarlo a Tehuacán, tocándole la acción de Tezmalaca en que fue hecho prisionero Morelos. Salvado con otros muchos, Bravo fue nombrado en Tehuacán miembro del Tribunal Superior quitándole, de este modo, mando de fuerzas. Volvió al sur y después de muchas peripecias fue apresado en diciembre de 1817. Se le perdonó la vida a instancias de realistas e insurgentes por la magnanimidad mostrada con sus enemigos. Puesto en libertad en 1820, vivió en Izúcar y luego en Cuernavaca.


Consumada la Independencia en 1821, fue invitado para unirse al nuevo sistema nacional; pero se retiró luego que Iturbide se hizo emperador.


La historia lo ubica después como jefe de la defensa del Castillo y Colegio Militar de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847. Su calidad de viejo militar le hizo ver y prever diferentes hechos que de haberlos aceptado Santa Anna otro hubiera sido el final del ataque yanqui al glorioso nidal de los aguiluchos mexicanos. Al ser hecho prisionero con otros muchos, lloró la caída de nuestro México ante las fuerzas del invasor.


Rindió tributo a la madre tierra a los 67 años de edad, el 22 de abril de 1854, en su hacienda de Chichihualco del actual estado de Guerrero.


Aquí lo que en un inicio conocimos como Kilómetro 71…su nombre actual es “Nicolás Bravo” al igual la escuela primaria de Subteniente López…la vida de don Nicolás Bravo debe difundirse con todos los pormenores y así conozcan el porque llevan ese nombre ilustre.



IAHM.- Chetumal Quintana Roo

Febrero 2010

ignacio-herrera@hotmail.com



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