LA POCETA ...
Chetumal a 19 de Abril
de 2007
Recuerdo despertar con un sobresalto.
Me sacudieron la cama y oí la voz determinante que me decía que me levantara. Se hacía tarde.
Hasta el cuarto llegaba el olor de la chihua frita y los frijoles con manteca de cerdo. Se me hacía agua la boca y de verdad tenía hambre aunque apenas fueran las 7 de la mañana del sábado.
Me senté en mi lugar de la mesa, me sirvió mi té con leche en mi tazón gigante y me dispuse a comer con ella, mirándola apurada por todo lo que había hecho y me imagino, por todo lo que faltaba por hacer.
Comimos en silencio, como todos los días, y de vez en vez, ella se quejaba del dolor en los huesos por que el día estaba nublado. “La negra” no estaba o no puedo recordarlo, pero más tarde sabría de ella.
Después de traerle agua del tinaco para que lave los platos, me dijo que hiciera una poceta atrás de la chaya. Una poceta profunda y amplia para sembrar un coco, así que cogí la barreta y la pala y me resigné a sudar un rato.
Estaba apurado haciendo el hueco cuando llegó a mi lado con un bejuco. Me dijo que había que pegarles a las plantas y árboles de todo el jardín para que dieran mejores frutos y flores, para que crecieran fuertes y hermosos. Yo no quería. Se me hacía ridículo hacerlo. Además el jardín era muy grande. Me dijo era el día de San Juan y yo era el que tenía “buena mano” para eso.
De nueva cuenta dije que no quería, y fue entonces que recibí el primer bejucazo. Lo tenía que hacer, no cabía la menor duda.
Con ojos vidriosos de coraje e impotencia, caminé por entre los arriates y el jardín, diciendo: “crece, da frutos o flores, no seas floja, si no lo haces te pego más duro”, pareciera que me lo decía a mi mismo, y así no se cuanto tiempo pasó, solo recuerdo que ya el sol brillaba casi en el centro del cielo y yo estaba rojo como un tomate.
Creí que todo había acabado cuando llegue a la última maceta, entonces me dijo, “carga la planta del coco que está atrás en el patio y siémbrala”. Queriendo terminar rápido fui a buscarla y me dirigí a ponerla en la poceta. De nueva cuenta me llegó un grito: “¡no así no!, hay que cargarla bien. En la espalda, La agarras de abajo y la cargas”.
Lo intenté una vez, pero pesaba mucho. Ya estaba bastante crecida la palmera. Se me resbaló y recibí el segundo bejucazo. “¡Hazlo bien, la vas a romper!, ni parece que hubieras comido bien, ¡apúrate que todavía hay quehacer!”.
En un camino que veía como agua, llevé la planta de coco. Me dolía la espalda y no entendía además por que había que llevarlo de esa manera. Así era más cansado.
Dirigiendo como siempre, ella me dijo: “acércate de espaldas, te inclinas y la dejas caer en el hueco, después le pones la tierra, la rellenas bien y le echas agua”. Yo no quería oír más, pero tampoco me podía perder ningún detalle, no quería que me pegaran otra vez.
Terminé, y todo sucio y sudado me fui a la escalera de la cocina a sentarme, cuando la ví de nueva cuenta aparecerse con unas tijeras grandes caminando hacía atrás de la bodega.
De ahí escuché de nuevo su voz que me llamaba.
Me acerque medio mareado de tanto ajetreo y tuve miedo.
En una silla estaba sentada “la negra” llorando, mientras ella estaba parada a su lado con las tijeras estiradas hacia mi, diciéndome que le tenía que cortar el cabello, para que le creciera más bonito.
“La negra” era más chica que yo y creo que tampoco entendía, o tal vez tenía miedo de que un niño de 8 años le cortara una oreja, o tal vez era el miedo normal que nos invadía cuando “ella” nos miraba con esos ojos profundos, duros y exigentes, para que hiciéramos las cosas como “debían ser” y no nos castigara el diablo.
“La negra” me miraba y me pedía que no lo hiciera y yo tuve miedo por los dos, no quería que me pegaran de nuevo y no quería lastimarla.
Con la mano temblorosa me acerque. Cogí el cabello de “la negra” que ya había sido amarrado con un listón rojo. Cerré los ojos y fui sintiendo el crujir del cabello cuando la tijera lo cortaba, no quise ver sus ojos de suplica, no quise ver sus ojos de miedo, no quise ver, solo quería salir corriendo.
Y así lo hice, no recuerdo que más pasó ese día.
Creo que me escondí.
Hoy han venido a cortar el coco que con los años y mi “buena mano” creció muy alto.
Ya el terreno no es de nosotros y desde mi ventana lo veo sacurdirse al golpe del hacha mientras sostengo con la mano un manojo de cabellos.
Recuerdo que me desperté con un sobresalto del letargo en el que estaba…. El ruido ahogado y seco del tronco sonó en el suelo.
El coco no me importó tanto.
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Las plantas lucen flores hermosas y hojas verdes, el jardín esta rebosante de vida y color.
El cabello le ha crecido fuerte y sano.
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Recuerdo haber hecho una poceta y creo haber sembrado algo en ella.
No sé que fue, pero hoy me veo sucio de tierra y sudado.
Estuve buscando y ahora quiero salir porque la poceta se ha hecho mas profunda.
Quiero llegar hasta arriba. Debo hacerlo para saber algo.
Me pregunto si lo recuerda, si lo entiende. Yo no era malo, tuve que hacerlo.
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He encontrado un listón rojo y parece que el viento ha dispersado las fibras de los recuerdos.
Hoy el cielo no luce nublado como aquella mañana del día de San Juan.
Abel Canul Aban