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MILONICO...

Cuento Infantil

EL CANGREJO EN LA LUNA
Primera Parte

Chetumal a 20 de Julio de 2007.- Milonico, jugaba como siempre en la playa. La arena blanca se le colaba entre los dedos cuando corría de un lado a otro recogiendo conchas, caracoles, o una estrella de mar que se acercaba a la orilla.

El siempre había coleccionado “tesoros” y cada uno tenía un encanto especial para él.
Jugueteaba y miraba aquella perla grande y blanca que llevaba en el cuello con una tira negra de piel de mantaraya. Siempre había querido encontrar otro tesoro como ese, pero sabía que era muy difícil…las perlas hay que sacarlas de las ostras y hay que bucearlas. Sin embargo, aún así todas las mañanas recorría la playa recogiendo tesoros, con la esperanza de encontrar otra perla como la de él.

Su papá le había contado que su perla la encontraron el día en que el nació tirada en la playa frente a la casa, y que por eso se la pusieron desde bebé en el cuello. Fue un regalo del mar por el nacimiento de Milonico.

Milonico no sabía por qué su papá se ponía triste cuando le contaba esta historia; lo que si sabía es que no recordaba a su mamá y que ese tema ponía más triste a su papá, por eso ya ni preguntaba.

Como cualquier otro día, Milonico se acercó al mar, remojó sus pies, y poco a poco se fue metiendo sintiendo como la frescura de agua le envolvía y le relajaba. También como siempre, vió como los peces, las tortugas, las estrellas de mar, las mantarayas, los delfines incluso las barracudas, los tiburones y las morenas; todos los seres vivos del mar, se acercaban a su encuentro. Pareciera que en esa playa podía hacer lo que quería, y todos los animales marinos lo cuidaban, protegían y divertían.

Tomaba las aletas de los delfines y éstos lo llevaban a lo hondo. A veces rápido, a veces lento. En ocasiones lo impulsaban por el aire y en otras bajo el mar, para que pudiera admirar las maravillas del mundo subacuático.
Desde la orilla, desde siempre, su papá observaba, preocupado, feliz, triste, confuso… se preguntaba cosas que Milonico nunca podría conocer, nunca entendería. A veces se asomaba una lágrima por sus ojos, pero cuando su hijo se acercaba a la orilla con sus amigos marinos, el papá se apresuraba a meterse al mar y mojarse la cara para disimular su tristeza. Lo abrazaba fuerte y le decía “eres un sirenito, un tritón, mi pequeño sireno”.

Tan pronto como Milonico salía del mar, todos los animales se alejaban a sus refugios y a sus actividades, los delfines lanzaban sonidos de promesas para jugar al día siguiente y las mantarayas batían hacia afuera sus aletas diciendo hasta mañana.

Todo el mar era para Milonico, y él disfrutaba del mar como si fuera de verdad un tritón.

Una mañana las nubes negras anunciaban una tormenta. El aire estaba frío y húmedo. Ese día Milonico cumplía ocho años.

Salió de la casa como siempre a buscar tesoros. Estaba entretenido cuando la lluvia empezó a caer, y como estaba acostumbrado a convivir con la naturaleza, siguió su tarea sin importarle el agua que correaba por todo su cuerpo. Para él era mejor. La lluvia limpiaba la arena de sus tesoros y desenterraba otros que no había visto.

Cuando juntó algunos, se acercó al mar y metió los pies en el agua. Le extrañó no ver a ninguno de sus amigos entre las olas, pero pensó que con la tormenta se alejarían a refugiarse en un lugar más seguro.

Volteó, y vio, desde la puerta de la casa, a su papá haciéndole señas para que regresara. Milonico pensó que por lo menos su papá hoy le tendría un regalo y comerían pastel con té negro, disfrutarían leyendo alguna historia de marinos y piratas, y podrían relajarse y disfrutar de la paz de la casa, sin que fuera aburrido.

Mientras se acercaba a la casa, vió como su papá cambiaba su expresión. Le apuraba que llegara, pero lo hacía con la mirada más allá de él. Tenía cara de miedo.

Milonico, volteo a ver de nuevo hacia el mar y comprendió en parte lo que pasaba. Saliendo de entre las olas gigantes vio un gigantesco cangrejo rojo que se acercaba a la playa. Venía desde lo hondo y era tan grande como dos casas juntas.

El temor lo paralizó y siguió viendo como se acercaba el cangrejo. Atrás del gigantesco animal, Milonico pudo observar a sus amigos que se acercaban brincando entre las olas de prisa, como queriendo alcanzar al cangrejo. Corrió hacia el mar queriendo que sus amigos se alejaran del peligro. Su papá también corría queriendo alcanzarlo para meterlo a la casa. Todo estaba fuera de control, menos el avance del cangrejo gigante saliendo del mar que, con el rebote incesante de la lluvia en su caparazón, sonaba como cientos de conchas chocando entre sí.

El ruido de la lluvia, del aire y del mar, se confundía con los gritos de Milonico para alejar a sus amigos, con los gritos de su papá para que regresara y con los sonidos de los animales marinos. Todo el ambiente estaba lleno de miedo y confusión.

El cangrejo se acercó a la playa y algunas de sus patas pisaron la arena fuera del mar, Milonico estaba a pocos metros de él cuando reaccionó. Trato de correr hacia su papá, hacia la casa. Lo hizo con todas sus fuerzas. Llegó a los brazos de su padre, quien cargándolo corría desesperado…hasta que el cangrejo con una tenaza gigante lo agarró.

El papá de Milonico, estaba a punto de desmayarse por la presión de las tenazas, cuando alcanzó a ver a su hijo y le dijo “corre, escóndete”…y lo soltó… Milonico lloraba, cayó a la arena, se levantó y corrió. No quería dejar a su papá con el cangrejo gigante. Volteó a ver en el momento en que su papá era lanzado por el aire y sintió que toda la atención del cangrejo de nueva cuenta se dirigía hacia él.

Corrió más fuerte, corrió hacia el mar.

Avanzó y se tiró al agua, tratando de nadar más rápido, sus amigos los delfines y los tiburones se acercaron lo más posible para llevarlo lejos. El cangrejo avanzaba más rápido hacia ellos que ya estaban llegando a lo hondo. Con una tenaza alcanzó a un tiburón y lo lanzó por el aire, con la otra agarró a Milonico y lo acercó a su boca.

El niño empezó a tratar de librarse de la presión de la tenaza, pero no podía luchar contra la fuerza del cangrejo gigante. Sintió como le faltaba el aire. Su vista se nublaba, y vió con horror como se acercaba más a la boca del cangrejo.

Sus amigos, los animales marinos se acercaban al cangrejo y lo empujaban, trataban de morderlo, de tirarlo, de hacer algo, pero parecía imposible.

Una luz muy brillante y casi cegadora surgió de la perla del cuello de Milonico. La luz apuntaba a cada uno de los ojos del cangrejo, quien emitió un sonido desgarrador de dolor y soltó al niño.

De entre las olas picadas surgieron dos delfines que lo acercaron a la playa. El cangrejo todavía estaba en lo hondo, moviéndose agitadamente por el dolor de sus ojos.

Más a lo lejos se vio un movimiento extraño en el mar. Como si un submarino estuviera a punto de emerger…Una gran ballena se acercaba a toda velocidad y con toda la fuerza impactó al cangrejo gigante. Se sumergió la ballena en las profundidades y como un misil, salió desde abajo impulsando al cangrejo por el aire.

El cangrejo se elevó muy alto, Milonico lo vio tan rojo como si una bola de fuego estuviera en el cielo. En ese momento se desmayó.

Cuando abrió sus ojos estaba en su cama, bien cobijado. Le dolían las costillas y se sentía un poco mareado.

Por la puerta entreabierta de su cuarto escuchó voces.

Se asomó hacia la cocina sin hacer ruido. Nunca nadie los visitaba. En la mesa vio a su padre hablando con otro hombre, de cabello largo atado en una cola, una cicatriz enorme en su antebrazo, y ropa maltrecha y sucia.

No le veía la cara porque estaba casi de espaldas, pero lo escuchó decir: “tienes que decirle la verdad…tarde o temprano lo va a saber. Es tu obligación de padre, aunque no lo seas…el mar siempre reclama sus tesoros…¡si lo sabré yo!...el mar te va a reclamar a Milonico…Piénsalo, pero no te tardes, lo de hoy no sólo fue un aviso, ¡hoy casi mueren los dos!”.

Al escuchar esto Milonico emitió un breve gemido de temor. En la cocina sonaron las sillas al levantarse las personas. Milonico se fue a la cama lo más rápido que pudo. La puerta que daba a la calle sonó y apareció su papá en el cuarto.

“¿Cómo estás mi sirenito?”, le preguntó su papá. “Me duelen las costillas” le contestó fingiendo estar adormilado y que no había escuchado nada.

Notó que su papá también tenía un vendaje alrededor de las costillas y el estómago, pero no dijo nada.

“Descansa sirenito, mañana estaremos mejor…Yo también voy a descansar, luego platicaremos”. Le dio un beso en la frente y salió del cuarto.

Milonico se quedó un rato pensando en lo que había ocurrido durante la tormenta. Desde su cama, acostado, miraba al cielo por su ventana. Una luna roja iluminaba la oscuridad del cielo.

Cansado y adolorido, empezó a dormirse. Lo último que pensó fue: “El cangrejo gigante…está en la luna…la ballena lo lanzó hasta ahí…desde aquí te veo…y nunca más regresarás…”

Inconscientemente mientras dormía con su mano derecha agarró la perla que tenía todavía en su cuello.

El ya no lo vio, pero la perla brilló con una cálida luz, como si quisiera reconfortar su alma.

La perla brilló mientras el dormía. Su padre se asomó a verlo varias veces. Y supo que había llegado el momento de afrontar la verdad.

La luz de la perla le iluminó el rostro y una lágrima cayó por su mejilla. Sabía que lo iba a perder. A su hijo…a su único compañero, le esperaba otra vida, otra historia lejos de él.

Abel Canul Aban

Gonzalo Herrera Castilla.




 

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