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MILONICO...

Cuento Infantil

EL CANGREJO EN LA LUNA
Segunda Parte

Chetumal a 31 de Julio de 2007.- Amaneció con un sol brillante y el cielo azul, transparente y limpio. La tormenta solo dejó una humedad pegajosa en la mañana, y la gente se quejaba mientras hacía sus compras en el puerto.

El papá de Milonico había salido temprano de la casa. En parte porque no quería estar cuando el despertara. No quería tener que empezar a responder preguntas. No quería enfrentarse al hecho de que su hijo conociera la verdad. No estaba preparado para ese momento y aunque sabía que no iba a poder ocultarlo siempre, nunca pensó que lo diría: ¿cómo lo explicaría?, ¿de qué manera haría más fácil el enfrentar la realidad a un pequeño de ocho años?.

Caminaba sin rumbo fijo. De repente se encontraba con un amigo, con algún marinero, con un vendedor de especias, con la señora que hacía los dulces de coco y papaya; todos lo saludaron y no tuvieron más respuesta que una mirada vacía, una cara seria y preocupada: la mirada de quien todo lo ha perdido y busca asirse a una idea, a un pensamiento que le diera esperanzas.

Llegó al malecón y se sentó mirando hacia el mar. Su mirada vagaba con el vaivén de las olas, se alejaba de la orilla y recalaba de nueva cuenta con la espuma.

En la casa de la playa un rayo de luz de sol se coló por la ventana de Milonico. Abrió los ojos y se desperezó. Al estirarse sintió el dolor en las costillas y supo que todo había sido cierto. No había sido una pesadilla.

Se bajo de la cama, se lavó la cara y se vistió. Salió del cuarto y llamó a su papá.

En la casa no lo encontró y salió a la playa a ver si estaba trabajando afuera, pero tampoco lo halló.

No se asustó. Viviendo solo con su padre, sabía que éste tenía que salir a comprar cosas al puerto para la casa. Así que se sentó en la playa.

Con la mirada fija en las olas, en la lejanía del mar, trataba de entender lo que había pasado durante la tormenta. No sabía. ¿Por qué y de dónde había llegado ese cangrejo gigante? ¿Por qué quería devorarlo? No recordaba cómo había llegado a su cama.

Pero lo que más le preocupaba, era el recuerdo del hombre que visitó a su papá en la noche anterior. El recuerdo de lo que dijo. Tenía un huracán de ideas en la cabeza.

Las lágrimas se asomaron por sus ojos, primero con sollozos, después con llantos. Sentado con la cabeza entre las rodillas lloró hasta el cansancio. Deseaba que llegara su papá y le dijera que lo que dijo aquel hombre era mentira, que siempre estarían juntos, que era su hijo, su sirenito, y él deseaba decirle que lo iba a querer siempre con todo su corazón, a su papá, su defensor, su héroe.

Alzó de nuevo su mirada hacia el mar y sintió en la distancia la mirada de su padre, como si el mar transportara sus pensamientos y se encontraran en ese lugar sin nombre donde caben solo los sentimientos.

El papá de Milonico, Abel, sintió lo mismo. Se levantó del malecón y se dio la vuelta para recorrer el camino de regreso a su casa.

Su hijo lo esperaba con muchas preguntas, pero sabía que poco a poco entendería toda la verdad. La esperanza de poder cambiar el destino le dio fortaleza para pensar en llegar y contarle toda la historia. Caminaba rápido y seguro.

Al pasar por el mercado cerca del muelle, una voz le dijo “hazlo, es el momento”. Volteó a ver y encontró a Abán, el marino de cicatriz en el antebrazo. “Lo sé”, dijo Abel y siguió caminando.

Milonico miraba al mar y se acercó para mojarse los pies. Con sorpresa vió como el mar tomaba vida. Más de la cotidiana. Todo el tiempo que estuvo en la playa los animales marinos estuvieron esperándolo.

Había miles de peces, mantarrayas, tiburones, delfines, ballenas, pulpos, medusas, anguilas y demás animales marinos.

Se metió al mar y nadó hacia ellos. Dos tiburones blancos enormes se acercaron. El nunca los había visto, pero sus amigos marinos les abrieron el paso.

Los tiburones se pusieron uno a cada costado de Milonico quien se sujetó de sus aletas dorsales.

Se alejaron de la playa y tras de ellos toda la fauna marina.

No sabía a dónde iban, a dónde lo llevaban.

Al caer la tarde, cansado de buscarlo por todas partes, Abel se sentó en la playa. Todavía quedaban rastros de las huellas de Milonico cuando caminó hacia el mar.

Se levantó y siguió las huellas hasta donde el mar las borraba. Ahí encontró la perla… la recogió y apretó contra su pecho. La perla brilló con esa luz ya conocida. Recordó el nacimiento de Milonico.

Miro de nuevo al mar y su mirada se perdió en el horizonte.

Cerca de la orilla un grupo de delfines lo sacaron de su letargo. Brincando fuera del agua de manera festiva, haciendo sonidos se acercaron a Abel.

Con fuerza lanzó la perla hacia los delfines la perla.

“¡Llévensela!... ¡Llévensela!...¡Díganle que lo estaré esperando!”…gritó medio sonriendo, medio llorando.

Se acercaban a una isla. Frente a la isla había una barrera de coral.

Con preocupación sintió que los tiburones se acercaban a la barrera de coral muy rápido. Iban a chocar contra ella. Como avisándole, los tiburones se elevaron un poco por arriba del nivel de las olas, Milonico tomó aire y se sumergieron.

Sin soltarse de los enormes animales marinos, sentía que los pulmones le iban a estallar cuando de nuevo salieron a la superficie. Estaban más cerca del arrecife. De nueva cuenta los tiburones dieron señal de su próxima inmersión. Milonico tomó más aire esta vez.

Se sumergieron profundo, mucho más profundo ante la barrera de corales, tanto que la presión del mar hacía que los oídos le zumbaran.

Pese a lo salado del agua, abrió los ojos y contempló ante él una enorme cueva en la base del arrecife. Los tiburones lo metieron ahí y avanzaron adentro hasta llegar a una bóveda interior. Una enorme bolsa de aire en cuyo espacio Milonico se sentía pequeño.

Algunos rayos de luz se colaban por el techo de la cueva, pareciera que por arriba tuviera una delgada capa de coral que semejaba el vitral de una iglesia.

En la orilla interior donde lo habían acercado los tiburones, observó a algunos animales marinos saliendo del agua.

Del fondo de la cueva llegó un sonido sólido, fuerte, castañeante.

Una figura rojiza surgió de la oscuridad.

MIlonico conocía esa figura, ese color, ese sonido.

Un enorme cangrejo gigante abría y cerraba sus tenazas acercándose a él amenazadoramente.

Instintivamente llevó su mano al pecho.

Fue entonces cuando se dio cuenta.

El miedo lo invadió.

Los segundos se hicieron más cortos para Milonico.

Parecía que el cangrejo avanzaba muy rápido.

Atrás de él escuchó sonidos chapoteantes provenientes de la orilla interior de la cueva. De reojo vió como un ejército de estrellas de mar, pulpos y “algo” más grande salían del agua y se acercaban a protegerlo. Dentro del agua los demás animales marinos que habían entrado a la cueva, movían sus aletas y cola haciendo que el agua mojara a los animales que salieron y creara una capa sobre la cual pudieran desplazarse más rápido.

El cangrejo se acercó más y a su encuentro, miles de animales se abalanzaron enredándose entre sus patas, escalándolo como si fuera una montaña y tratando de inmovilizarlo.

Justo cuanto estiraba una tenaza para agarrar a Milonico, unas estrellas de mar y un pulpo le cubrieron los ojos. Sorprendido vió junto a él a un enorme calamar que arrastrándose cual serpiente, llegaba a las patas del cangrejo y sujetaba varias de ellas, haciendo primero que se cayera de lado y después lo mantuvo quieto.

El cangrejo ahora no se veía, enterrado entre miles de pulpos y estrellas de mar. En ciertos momentos hacía un ligero movimiento y éstos lo sujetaban más fuerte. Los pulpos y las estrellas de mar que tenía sobre sus ojos habían empezado a comérselo.

Algunos de los animales que salieron siguieron avanzando por donde había salido el cangrejo. Milonico los siguió y los encontró haciéndole una valla junto a una pequeña entrada oculta. Se asomó y miró hacia adentro y en el fondo vió una luz blanca.

Metió primero los pies, se empujó hacia adentro y la humedad y la inclinación de la abertura hicieron el resto. Se deslizó rápidamente, cual tobogán. Milonico gritó asustado mientras giraba en una curva y se llenaba de verdín y arena mojada que salpicaba su cuerpo y cara.

Cayó entre miles de perlas brillantes. Mezcladas con las perlas había cientos de pequeñas piedras rojas, rubíes, en forma de cangrejo. Los rubíes estaban opacos, así como otros cientos de perlas que no brillaban, eran perlas normales.

Mientras caminaba por el piso de perlas y rubíes pensaba si volvería a ver su papá, lo extrañaba y deseaba que estuviera ahí. Llegó a un lugar que parecía una piscina.

Sumergido, a unos metros de la orilla, algo verde brillaba con el reflejo de la luz de algunas perlas que estaban en el fondo, era algo grande.

Primero sintió miedo. Pensó que algún animal quería atraparlo. La silueta bajo el agua se acercaba y creyó reconocer algo. Se metió al agua. Se sumergió. Ya sabía lo que iba a encontrar.

Una voz dulce, una mirada tierna y profunda, cabellos negros que se movían flotando en el agua, su piel blanca casi transparente sin luz solar.

Una burbuja pasó como una chispa de recuerdos. Una burbuja lo había llevado. En una burbuja estaban ahora. En la burbuja donde nació, de donde estaba prohibido que saliera.

Una hermosa sirena, de cola verde esmeralda extendía los bazos hacia él diciéndole: “Acércate hijo mío…te he estado esperando”.

Gonzalo Herrera Castilla.




 

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