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MILONICO...

Cuento Infantil

TRITONES Y SIRENAS
Tercera Parte

Chetumal a 17 de Octubre de 2008.- Milonico salió a tomar aire. Abrió muy grandes los ojos, confundido y agitado.

Se acercó a la orilla nadando de prisa y sintió como atrás le seguía la sirena.

Se sentó en la orilla y volteó a mirarla.

Ella se acercó a Milonico y sacó medio cuerpo del agua…Lo miró y le sonrió.

Sus ojos húmedos de sirena le miraron y le dijo: “Siempre te he estado esperando hijo mío…los animales marinos me han contado de ti; dejé que pase el tiempo para que pudieras llegar aquí y poder contarte la verdad: Quién eres tú”.

Milonico no podía creerlo. Con el corazón a flor de piel se acercó a ella.

Sus latidos se hicieron muy fuertes, su garganta un nudo, sus ojos se nublaron.

En el mar surgió la vida que pobló la tierra. Algunas especies se volvieron plantas, otras animales y algunas más fueron los seres humanos.

No toda la vida del mar salió a la tierra, por eso existían todos los animales marinos, las algas y plantas acuáticas y también las sirenas y los tritones.

Y cada especie pobló su espacio. Y en cada espacio se formaron reinos. Y en el reino de mar el Gran Sirtón gobernó por siempre, por sobre todos los seres vivos del mar.

En la tierra, la población humana empezó a reproducirse muy rápido. Formaron ciudades, países en donde la gente empezó a tener más necesidades. Empezaron la pesca a gran escala; a sacar tesoros marinos, perlas, corales; a consumir algas, ballenas, tiburones; Nada parecía ser suficiente para los humanos; Además empezaron a contaminar las aguas con desechos de las ciudades, a modificar las costas con construcciones, incluso dentro del mar hicieron plataformas; Le perdieron miedo al mar a sus profundidades, el respeto al Gran Sirtón; incluso perdieron el respeto por ellos mismos.

El Gran Sirtón, molesto por las actividades humanas, ordenó a todos los seres marinos atacar al hombre.

Creó remolinos, huracanes, tormentas, maremotos; los tiburones, anguilas, morenas, mantarrayas, peces escorpiones, entre otros animales, se volvieron más agresivos y tenían órdenes de matar a cualquier ser humano que se encontraran en su camino.

Un día el hombre realizó una guerra en el mar. El Gran Sirtón envío una tormenta.

Pero el hombre es necio. Continuó su batalla.

Entre balas de cañón, humo de pólvora, choques de espadas y sangre mezclada con agua salada, dos flotas de barcos continuaban su guerra, enviando al fondo del mar más basura y cuerpos humanos muertos en el enfrentamiento.

Uno de los barcos se empezó a hundir y su tripulación se subió a botes de remos para salvar la vida. El barco se elevó por encima del agua en una posición vertical y comenzó a sumergirse en las profundidades.

Dentro del agua algunas sirenas y tritones contemplaban la guerra esperando que todos esos tontos humanos se terminaran de matar y desaparecieran por completo, dejando de invadir el reino que ellos tanto cuidaban.

El Gran Sirtón también había ordenado revisar cada uno de los barcos y entregar a los tiburones a aquellos humanos vivos para que fueran devorados.

Mara, la hija del Gran Sirtón, no debía estar ahí. Ella debería estar alejada de los peligros (y los humanos eran peligrosos), pero era una sirena muy curiosa y se había acercado a ver la batalla.

Cuando el barco se hundía, se sumergió junto con el barco.

El barco toco fondo y Mara empezó a inspeccionarlo. Todos parecían haber abandonado la nave, pero escuchó unos gritos en un compartimiento donde se guardaban alimentos.

Abrió la puerta y vió a un humano pataleando entre el agua y un pequeño espacio de aire que se había formado al sumergirse. Entre las madera de las paredes entraba más agua y el espacio de aire se hacía cada vez más pequeño.

Mara nunca había visto un humano (vivo) de cerca, y dentro del agua, por debajo, miraba como trataba, con todas sus fuerzas, de asirse de algo, de encontrar una salida, de respirar, de mantener la vida.

La sirena no entendía como quería este ser humano la vida, si arriba luchaba por quitársela a otros. Si el mismo arriesgaba su vida en una batalla y sabía que podía morir en cualquier momento, ¿porqué ahora luchaba tan desesperadamente por salvarse?.

Mara sacó su cabeza del agua, Aban lanzó un grito asustado, la miró fijamente, como quien está a punto de darle un infarto. Sonriendo medio desesperado le dijo que no esperaba ver a otro sobreviviente, hasta ahora, que era muy difícil ver a una mujer tan hermosa acompañarlo en esta aventura trágica y morir junto con él ahogado en esa alacena.

Mara no escuchaba, su mente vagaba entre los ojos negros, el cabello rebelde, el tono de su voz, la fuerza de sus piernas y el valor que tenía para hacer de esos momentos tan difíciles algo que pareciera no serlo tanto.

La sirena abrió su boca para decir algo, pero para los humanos la voz de las sirenas se vuelve un canto, un canto enloquecedor y que enamora a los hombres.

Abán la miró de nuevo, primero con esa mirada asustada que había hecho cuando salió del agua; después con una mirada vaga, embelesada pero perdida. Dejó de patalear y comenzó a hundirse en el agua.

Abán abrió los ojos bruscamente. Con un reflejo involuntario vomitó agua salada y aspiró profundamente como si todavía estuviera ahogándose.

Estaba en una cueva submarina (donde estas hoy).

Estaba vivo.

Centró su vista en el gran espacio abovedado que le rodeaba.

Al mirar hacia el agua de la orilla vió dos siluetas en la oscuridad, dos siluetas que surgían del agua.

Una era de aquella hermosa mujer que vió en la alacena. La otra era más robusta.

Mara miró a Abel tan fuerte e interesante. Tan seguro e impotente. Mara vió el reflejo de su musical embrujo cuando Abel se hundía y se ahogaba. Lo tomó en sus brazos y lo llevó a su cueva secreta, lo acercó a la orilla y fue en busca de ayuda.

Abel se incorporó medio mareado, débil y cansado por el esfuerzo que hizo para salvarse. No sabía cómo lo había logrado, pero estaba ahí lleno de vida y cerca de esa hermosa mujer que lo había embrujado con el brillo de sus ojos y su pálida piel.

Se acercó a las siluetas y dijo: “Hola, que hacen dentro del agua?”. Mara se acercó un poco más y abrió la boca para contestar, pero de nuevo su voz llegó como canción mágica, como sonido embriagante que llenó el cuerpo y la mente de Abel, quien abriendo muy grandes los ojos se desmayó.

Sirtón miró a su hija con los ojos rojos de ira. El humano que acababa de ver en la cueva no debería estar ahí. Le pidió que lo entregara a los tiburones y Mara se negó rotundamente.

Sirtón no podía perdonar una traición como esa de nadie, y mucho menos de su hija. Perdería el respeto de todo el reino y los humanos aprovecharían la oportunidad para conquistar al mar y sus secretos.

Debía tomar una decisión tajante y así lo hizo.

Su vergüenza no sería conocida por ningún habitante de la tierra ni del mar…Todos sabrían que su hija había muerto a manos de los humanos.

La guerra debería ser más cruenta.

Deberían acabar con ellos para siempre.

Sirtón mandó a los gigantes cangrejos rojos a sellar la cueva….la única salida era a través de un ascenso por paredes y un túnel como tobogán…de ahí a una estancia siempre vigilada por un crustáceo gigante, y una inmersión profunda para alcanzar una salida al mar abierto.

Nadie saldría vivo. Esas fueron las órdenes finales. No importa quien fuera. Nadie saldría vivo.

Mara miro hacia la orilla. Formando un bulto se encontraba el cuerpo de Abel.

Mara lloró por primera vez en su vida.

Un lágrima rodo por su mejilla, al resbalar por el aire se endureció y se transformó en una perla.

Una perla brillante, nunca vista. Que iluminó por un momento el lugar. Que iluminó por un momento el rostro de Mara y el rostro de Abel.

La perla se sumergió en el agua, donde se acumularon más y más brillos…donde se acumularon más y más días, y sueños…donde la luz de perlas iluminó a Milonico el día que nació.

Gonzalo Herrera Castilla.




 

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